dijous, 7 de maig de 2009



Hoy no hay Margot. No hay, más que nada porque ni ella misma sabe dónde está. Está tumbada en una cama, pero hay tan poca luz que no ve nada. No hay ningún olor que le pueda ayudar a recordar. Se levanta y toca las paredes. E intenta respirar, pero no puede. No se está ahogando, pero no le entra aire. Y aunque la habitación esté a oscuras, Margot puede notar como le va saliendo algo por la boca. Algo que si lo intenta coger desaparece.
Sigue recorriendo las paredes, hasta que toca un interruptor. Le da. Una luz de color rojo tiñe todo el cuarto, pero por mucho que busque, no consigue encontrar la fuente.
Se apoya en la pared y se deja caer. Va desnuda pero no se había dado cuenta. Sobre el aire comienzan a aparecer millones de recuerdos. Recuerdos de esos que no te gustan que aparezcan porque sea el día que sea siempre te hacen llorar. Y Margot llora. Vuelve a llorar. Y comienza a tener frío, pero no encuentra ninguna puerta para salir de ahí. Una puerta no... pero una ventana sí. Y se acuerda de Alicia. Una ventana demasiado pequeña para ella, pero no para su alma. Se acerca a la ventana y saca todo ese humo de su cuerpo. Y siente como se desvanece y como se da en la cabeza con alguna cosa, pero no se hace daño. Siente la sagre caliente recorriéndole la cara, pero más que doloroso, es placentero.

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